martes, 30 de mayo de 2017

LA MIRADA QUE REVELA EL TERROR


¡HUYE!

(Get Out)

2017. Dir. Jordan Peele.





         Uno pensaba que ya no habría otras novedades en el cine de terror y de pronto llega esta ópera prima de su director quien es actor y comediante. Ya es lugar común decir que no importa que ya se hayan contado todas las historias porque lo que atrapa es la manera en que se cuentan: aquí se demuestra. Chris (Daniel Kaluuya) es un joven fotógrafo de color quien lleva cinco meses de noviazgo con una chica blanca, Rose (la andrógina Allison Williams). Ella insiste en que vayan ambos a conocer a sus padres que viven en el campo. El joven está renuente porque ella no les ha dicho que es negro, pero ella le asegura que eso no importa. Llegan al lugar donde Chris comienza a percibir situaciones extrañas: la familia tiene un par de sirvientes negros; todos los amigos son blancos; la madre de Rose, psiquiatra, lo invita a platicar y delicadamente lo hipnotiza, para que vayan ocurriendo cosas todavía peores.


Chris (el estupendo Daniel Kaluuya)
con su novia Rose (Allison Williams)



         Con guiños a Atrapadas: las mujeres perfectas (Forbes, 1975) en el comportamiento automatizado de algunos personajes; rescatando al juego cerebral con fines tenebrosos y políticos de El embajador del miedo (Frankenheimer, 1962); atmósfera semejante a la creada por los viejos adoradores del demonio en La semilla del diablo (Polanski, 1968); comentarios sutiles acerca del racismo donde se elabora que la raza negra es más fuerte y poderosa aunque utilizada, sometida, por los blancos tal cual el Perro blanco (Fuller, 1982), pero en las antípodas de La noche de los muertos vivientes (Romero, 1968), se nota el homenaje del realizador a películas icónicas que desenvolvieron y fueron siendo iniciadoras de diversos temas y géneros para llegar a un discurso políticamente correcto que no niega el eterno desprecio de una raza hacia la otra, sin llegar al desequilibrio: todo tiene sentido, todo puede comprobarse.


Una atmósfera malévola e hipócrita



         La mirada de Chris viene a escudriñar y a descubrir todo lo que se encuentra detrás de unos sirvientes que sueltan las lágrimas; la mirada que toma fotografías con un celular para iniciar el desvelo de la verdad; la mirada que lanza a la carretera mientras viaja hacia ese nuevo destino y que luego será forzada a entender todas las maquinaciones detrás de la típica familia clasemediera alta de la campiña blanca del noreste norteamericano; la mirada anhelada por un galerista que tuvo la desventura de perder la vista y quedar baldado de por vida.


Los padres terribles: Bradley Whitford
y Catherine Keener (nada menos).



         Uno no pensaba que había una joyita ahí, esperando en las salas de cine para ser descubierta. Es el nuevo género de terror: ya no son las masacres sin ton ni son, ni los litros de sangre desbordándose. Ahora es un terror igualmente corpóreo, que juega con el intelectual y biológico lavado de cerebro, que libra la batalla metafórica del racismo perenne donde las víctimas ahora pueden ser verdugos aunque es un caso, uno extremo pero nunca definitivo. ¡Ah! y todavía se da el lujo de mostrar un ingenioso sentido del humor.


El realizador Jordan Peele deslumbra
con su ópera prima


        

domingo, 28 de mayo de 2017

UNA FALLIDA PELÍCULA GAY


YO SOY LA FELICIDAD DE ESTE MUNDO

2014. Dir. Julián Hernández.





         Apenas estrenada luego de tres años cuando ya había dado la vuelta al mundo en una versión más larga, nos llega el quinto largometraje de Julián Hernández, para hablarnos otra vez de las relaciones homosexuales, efímeras y desafiantes. Emiliano (Hugo Catalán) es un director de cine que está filmando una cinta sobre danza. Por eso conoce a Octavio (Alan Ramírez) con el cual inicia un amorío que luego desairará. Mientras Emiliano busca otro amante en un joven sexoservidor, Jazén (Emilio Von Sternerfels), Octavio experimenta el sexo heterosexual. Y así continua la trama de una película que se queda corta en la descripción de un hombre que no sabe lo que quiere, vive frente a una pantalla donde se regodea viendo las filmaciones de sí mismo teniendo relaciones, quien usualmente, al estilo Antonioni, se acerca a su pareja con columnas, paredes o muebles entre ellos para denotar la falta de comunicación.


Alan Ramírez y Hugo Catalán



         Las secuencias que se perciben más honestas y dolientes son las del joven Octavio: feliz ante la presencia de su hombre, desesperado ante la falta de las llamadas telefónicas, audaz y curioso entregándose a la pasión de unas mujeres porque no le queda nada que perder, además de triunfar en su carrera como bailarín. Hernández utiliza una canción popular de José José (“Dos somos dos”) para mostrar el engaño y la desesperanza de su protagonista. Ese “amor de verdad en el corazón” es un anhelo que se mantiene negando todo el tiempo.



Sufrimos los dos y logramos vencer, 
las fuerzas de la adversidad, 
y juntos logramos al fin el tener, 
la dicha que alcanza, 
un amor de verdad. 

Dos, somos dos, 
solo dos, al sentir, 
un amor de verdad en el corazón. 


Hugo Catalán y Emilio Von Sternerfels



         Quizás la cinta en su versión original ha de tener mayor sustancia. En este caso, uno siente que nos deja algo a deber.

sábado, 27 de mayo de 2017

EL SENTIDO DE HUMANIDAD


BAJO LA ARENA

(Under Sandet)

2015. Dir. Martin Zandvliet.




         Al término de la Segunda Guerra Mundial quedaron más de dos millones de minas enterradas bajo las arenas blancas de las playas danesas. Los alemanes pensaban que por ahí ocurriría alguna invasión y esas mortíferas armas podrían detener al enemigo. Lo que hizo la milicia de Dinamarca fue utilizar a los prisioneros de guerra, precisamente a los alemanes, para que encontraran y deshabilitaran esas minas. El detalle más cruel, desde el punto de vista humanitario, es que muchos de esos prisioneros eran jovencitos, casi niños, que las fuerzas hitlerianas habían reclutado por el pánico de la derrota de sus disminuidas tropas.





         Al inicio de la cinta, el rudo sargento Rasmussen (Roland Moller) pone a trabajar a un grupo de estos muchachos bajo condiciones terribles: sin darles de comer, presionándolos todo el día, subrayando siempre su condición de enemigos que habían traído dolor y caos al país. Sin embargo, dentro del peligro, poco a poco, los chicos se van ganando la simpatía del militar quien comprende su inocencia y su posición como víctimas de un detestable régimen. Nos damos cuenta de los sueños y las ilusiones de los jovencitos que desean estar al lado de la mamá, comer hasta hartarse, conocer muchachas: en resumen, lo que necesita un niño común y corriente.





         El tema de la cinta es el sentido de humanidad inherente en todo ser humano. Las circunstancias de la guerra convierten al hombre en enemigo del hombre. La noción de rencor y venganza son acordes con las consecuencias: los vencedores siempre sentirán orgullo y los vencidos serán sometidos, además de ser designados como culpables, sin considerar que ambos bandos han cometido atrocidades. Eso sucede con estos jóvenes que siguieron órdenes y fueron despojados de su edad y de sus ilusiones.





         La cinta es espeluznante y conmovedora en sus implicaciones. El espectador participa al sentir el terror de los personajes que están buscando las armas, presintiendo que en cualquier momento pueden estallar, aparte de mezclar la compasión por estos jovencitos desamparados. Igualmente, el personaje del sargento danés produce esa dualidad de rechazo y aceptación. El tema había sido tratado en La gran ilusión (Jean Renoir, 1937), en la cual un oficial alemán era quien llegaba al dolor cuando tenía que enfrentar a su némesis francés en un duelo donde había intentado fallar su tiro: el hombre finalmente debe amar a su prójimo. Bajo la arena es ejemplo de este mandato supremo, tan escasamente obedecido.


El realizador Martin Zandvliet



Nota: Luego de ver esta película, uno se convence de las prioridades políticas de los Óscares. Nominada a la mejor cinta extranjera, resulta mil veces mejor que la película ganadora, que tiene sus logros, cuya importante cualidad fue simplemente  ser iraní: pretexto para golpear al detestable Trump.



        

        

domingo, 21 de mayo de 2017

LA MORTAL BUROCRACIA


YO, DANIEL BLAKE

(I, Daniel Blake)

2016. Dir. Ken Loach.





         Daniel Blake (Dave Johns, estupendo) es un carpintero que se encuentra incapacitado pero, debido a un conflicto entre el dictamen médico y la burocracia de pensiones, no se le da la oportunidad de tener otro trabajo, aunque se le exige buscarlo. En la oficina donde hace sus trámites se topa con una joven madre de dos hijos que también tiene otro problema y forman una amistad. Ambos vivirán sus tribulaciones hasta un inesperado pero conmovedor desenlace.


Una de tantas visitas a la oficina
de trámites burocráticos



         El realizador Ken Loach ha realizado una carrera donde su temática ha sido la crítica social hacia el propio gobierno británico ya sea metafóricamente en épocas previas o por medio de casos usuales en estas épocas contemporáneas. Los absurdos burocráticos que la lógica racional no acepta pero que son realidades cotidianas: el ciudadano llega a rendirse antes que enfrentar todos los requisitos que se solicitan para poder continuar adelante con el trámite. Es irritante notar la vulnerabilidad del ser común y corriente, necesitado, ante la prepotencia del burócrata asentado en el poder que le da un puesto.


Desesperado, Daniel escribe un graffiti
en la oficina de gobierno, ante el júbilo
de otra de sus víctimas



         Así tenemos una secuencia donde Daniel tiene que buscar empleo, entregar currículos (luego de haber ido obligatoriamente a un taller para realizarlos donde Loach nos dice todo al mostrar los rostros de personas cuyas realidades no podrán resolver las tareas que se les asignan) y luego demostrar que lo hizo. A Daniel, carpintero mayor de edad, le exigen que llene cuestionarios en línea, cuando nunca en la vida ha utilizado ni poseído una computadora. Tan irracional como interrogar a un indígena en idioma que desconoce.


Daniel encuentra a Katie con sus dos
hijos como emblema solidario
del absurdo y la miseria



         Paralelamente se presenta el caso de Katie (Hayley Squires, estupenda), la mujer que conoce en la misma oficina burocrática, que también ha tenido que pasar por diversas humillaciones y otros absurdos para lograr un lugar para vivir: luego viene el problema del empleo. Después, las presiones por el hambre y las necesidades de los hijos. Y todavía más: Daniel tiene a un vecino cuyo trabajo le exige mucho pero paga poco y por eso ha recurrido al contrabando para ganar un dinero extra que, en realidad, se ha tornado substancial. Consecuencias de un régimen social.


Katie llega a extremos que Daniel desaprueba
pero cuya situación impide resolver



         La cinta impacta por su acercamiento hacia las clases populares que terminan siendo víctimas de la estupidez burocrática. Loach, señalador constante de los defectos de su país declinó aceptar la Orden del Imperio Británico expresando que no podía pertenecer al club de villanos que ya lo habían obtenido y que se tornaban en siervos de la monarquía. Al ver la cinta nos damos cuenta de su autenticidad porque han pasado los años y ha sido constante en sus narraciones fílmicas (apoyado por su estupendo guionista Paul Laverty).


El admirable Ken Loach con su Palma
de Oro, obtenida con esta película
en el Festival de Cannes 2016



         En nuestro cine mexicano tenemos el antecedente del episodio Caridad en la cinta Fe, esperanza y caridad (1972) donde la viuda Katy Jurado se enfrentaba a mil requisitos para recuperar el cuerpo de su marido asesinado. Más reciente es la estupenda Un monstruo de mil cabezas que presentaba a una mujer desesperada por los trámites burocráticos para el tratamiento de su marido enfermo de cáncer. La cinta nos afecta porque no estamos alejados de esos trámites a que nos obligan los bancos, el seguro, la necesidad de un certificado, la universidad, el error en un estado de cuenta, y no pararíamos nunca.


domingo, 14 de mayo de 2017

LAS MÁQUINAS SUPREMAS


ALIEN: COVENANT

2017. Dir. Ridley Scott.





         Antes de que inicie la narrativa de esta cinta hay un impecable prólogo donde Weyland (Guy Pearce), empresario que ha sido el financiero de estos viajes por el espacio, platica con el flamante robot David. Ambos hablan de diversos temas y Weyland comprueba la versatilidad de su máquina. David toca al piano una adaptación de una pieza proveniente de Das Rheingold de Wagner.





Se pasa inmediatamente a una década más tarde, el año 2104 y la nave Covenant transporta a miles de personas y embriones a un planeta con las condiciones adecuadas para colonizarlo. Además viaja una tripulación de 15 miembros. Todos hibernan ya que el viaje durará varios años. Los cuidan un robot llamado Walter (Michael Fassbender) y la computadora madre de la nave. Una situación externa que afecta al vehículo obliga a tener que despertar a los mandos de la nave. Un accidente provoca que el capitán quede calcinado por lo que toma su lugar Oram (Billy Crudup), un hombre de fe que le hace dudar para tomar decisiones contundentes. Su segunda de a bordo es Daniels (Katherine Waterston). Al recibir una extraña señal aparentemente humana de un planeta más cercano, parecido a la Tierra en atmósfera, el capitán decide ir al rescate con la posibilidad de realizar ahí su misión colonizadora en lugar de seguir viajando. A esto se opone sin éxito la pragmática Daniels. Llegan al mentado lugar donde se encuentra David (Michael Fassbender, también), el robot, quien explica su presencia cuando llegó ahí por la nave Prometeo, con la sobreviviente Shaw (Noomi Rapace). Inicia la creación y la amenaza de los monstruos en dicho lugar.





         Para los fanáticos de esta saga (exceptuando las desviaciones que llevaron a enfrentamientos entre el Alien y Depredador) no es difícil atar cabos cronológicamente. Prometeo (Scott, 2012) mostraba el inicio de la búsqueda de los titanes que habían creado la vida muchos años atrás. Los navegantes llegaban a un planeta donde descubrían a estos seres monstruosos e indestructibles. Shaw y las piezas que quedaban del robot David arribavan, acorde con esta película, al nuevo planeta a los cuales el robot David ha atraído a los nuevos intérpretes.




         Lo que debe alabarse a esta equilibrada e inquietante película es que Scott ofrece, por supuesto, los enfrentamientos entre el monstruo y el humano. Se llega a momentos extremos. Visualmente, la infección que sirve para la reproducción del alien es excepcional (por nariz y oído como inicio), pero hay una contraparte filosófica entre los ciborgs. Walter es una generación más adelantada que la del anterior David. Su mecanismo ha sido creado para tener “conciencia” del deber. A David se le había permitido la opción de selección y su programación, tal como nos la hace ver el prólogo, iba más dirigida hacia el exterminio y el desprecio por la raza humana. No es gratuito que la pieza que toque al piano en el prólogo sea del Wagner admirado por Hitler, acerca de una ópera que habla del más fuerte. La inteligencia artificial de David se ha tornado suprema y ahora puede disponer a su gusto de la raza humana porque no está de acuerdo con sus debilidades y torpezas. Hasta le ha crecido el cabello, algo que parece implausible pero explica esa "evolución". No obstante, David ha llegado también, paradójicamente, a la imperfección. Declama un verso del Ozymandias de Shelley y lo atribuye a Byron. Walter lo saca del error, pero esta referencia ha servido para que se establezca su evolución y exprese su desagrado hacia los seres que se sienten perfectos pero han caído en la decadencia, esencia del poema referido. Todavía más, hay un momento en que los ciborgs discuten sobre el servicio a Dios o al Diablo, que recuerda al Paraíso perdido miltoniano.






         ¿Y el Alien? Lo vemos evolucionar como en las cintas previas. Está la amenaza en un corredor con puertas y recovecos. Ocurre una interrupción en la relación sexual. Su presencia ya no aterra tanto como ocurrió cuando sufrimos con deleite la amenaza hacia Ripley (Sigourney Weaver) o la muerte de Dallas (Tom Skerritt) en la cinta primigenia que disfrutamos en el Cuauhtémoc 70. Lo más inquietante de esta nueva maravilla es la transformación del humanoide en ser perverso y supremo: le ha ganado su lugar al mecánico monstruo cuya única finalidad es la destrucción. Por eso funciona esta película: la confrontación entre dos inteligencias artificiales que terminan creciendo y imponiéndose sobre quienes los crearon. Ridley Scott nos ofrece una oscura y cruel visión profética para la especie humana. El horror se ha vuelto más localizable: las máquinas que nos rodean y que se tornan superiores cada día más. Formidable.